Para que los alientos grises de la ciudad, del mundo, desaparezcan,
escribo; escribo de amor.
Porque yo a usted señor mío, le quiero, y pensaremos desde ahora
en el mañana, y cuando pase mañana imaginaremos un más mañana;
y cuando pase más mañana, creeremos en un mañana infinito.
Porque yo a usted, señor mío, le quiero… siempre fue así, es verdad.
Siempre lo será.
Me duelen los pies y la cabeza, no de los pies hasta la cabeza,
sino solo la cabeza y los pies.
Quizás nos conocimos antes, mucho antes, porque no pensar que
fuimos semillas descongeladas en liquido amniótico
predestinadas, porque hay cosas que son muy fuertes,
más que nosotros mismos, mas que la vida misma.
La luz amanecerá y por fin su reflejo en las cosas será real, y no esta
incertidumbre, quietud y subjetividad. No, no estoy diciendo que
cambiemos a lo objetivo, no, solo digo que nos dejemos llevar por la
implacable certeza del vivir, del amor, del navegar.
Porque yo a usted, señor mío, le amo.